19 marzo 2017

DOMINGO III DE CUARESMA


LITURGIA DE LA PALABRA

Solo desde el pozo podemos tener agua que apaga nuestra sed, la samaritana es mujer de deseo pero tiene sed porque es lo que produce el deseo. Jesús es el que viene de parte de Dios, está cansado, Dios anda buscando corazones. Nosotros tenemos sed. Aquel que trae agua viva nos pide de beber, este es nuestro Dios, se hizo hombre para experimentar nuestra indigencia, en la cruz muere Jesús diciendo también: “Tengo sed”.

Dios se ha abajado de su suficiencia para tener sed, cuando experimentamos que él ha experimentado nuestra condición humana entonces podemos experimentar el dialogo con él, porque se encuentran nuestra sed y el corazón de Dios. Y comienza el diálogo y se realiza la palabra del profeta Oseas: “la llevaré al desierto y le hablare al corazón”. Comienza un dialogo de seducción Jesús inicia un proceso de seducción y tiene que iniciar un proceso para educar ese deseo de pagar su sed.

Nosotros tenemos nuestra sed, Dios nos ofrece una cosa distinta. El hombre creado a imagen y semejanza de Dios se detiene en aguas que no apagan la sed y Dios viene a buscarnos, Jesús viene a enseñar a la samaritana a ensanchar el corazón, ¡tú eres más no te basta esa agua!, cuando la persona a través de su deseo reconoce que es más, entonces puede relacionarse con Jesús, nos pasa que cuando se nos promete algo distinto lo entendemos desde nosotros desde las experiencias tenidas, siempre reduciendo, estrechando y no entendemos lo que nos promete: “¿de dónde vas a sacar esa agua eres más que nuestro padre Jacob?”, Jesús no responde, hay que ensanchar el corazón a la medida de la promesa de Dios, nuestro corazón es estrecho, no cree, no espera , S. Juan de la Cruz dice: “Se recibe de Dios cuanto se espera de Él”. El corazón humano es deseo y lo que Dios nos promete es manantial, seré colmado desde dentro por el don de Dios, somos llamados a este amor. S. Agustín: “Nos hiciste para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti” Lo que Él nos trae es manantial que salta hasta la vida eterna. Nos ha creado Dios para él, para que le busquemos no basta el deseo es necesario la promesa, la Palabra, que nos lleva a la fe, a pedir lo que es más, siempre más. 

“Señor dame esa agua” lo busco para satisfacer necesidades y deseos, desde nosotros y para nosotros, no entiende, no puede entender, por eso el diálogo tiene un viraje y este es decisivo. Jesús tiene que desenmascarar su pecado, sino no se enterará y no llegará a Dios, tu grandeza es tu deseo y tu mentira es tu deseo, porque buscas amor insaciablemente, porque todos los amores que has tenido te han producido vacío, necesitas un Amor absoluto, todo lo que has buscado es un amor absoluto, no podías encontrarlo porque no está en tu deseo, pero así somos los humanos, tiene que desenmascarar nuestro deseo que es pecador, no nos enteramos que solo hemos sido creados para este Amor. La mujer comienza a rendirse ¡qué gran seductor es Jesús, le lleva donde quiere llevarle, que respeto y que delicadeza, que lucidez y que verdad!, paso a paso, este es el proceso de las personas llamadas a este amor, “Veo que tú eres profeta”. 

El único amor para la fe, es el amor en espíritu y en verdad, este amor sustituirá todas las alianzas de Noé, de Abrahán, de Moisés en el Sinaí, todo será sustituido por el amor que Dios busca y nos busca apasionado, por el único amor para el que ha sido creado el hombre, para una relación en espíritu y en verdad, hay que pasar del deseo al amor de fe. 
La samaritana entiende según su sabiduría religiosa., ha escuchado hablar de él, y sospecha y comienza a darse cuenta: ¿será este el Mesías? En todo proceso de relación con Jesús, surge esta pregunta: ¿Eres tú?... “Soy yo”, responde Jesús. 

Esta frase se repite en el Evangelio de Juan. “Yo soy la luz del mundo, Yo soy la vida, yo soy el Buen pastor”. Resuena toda la autoridad de Jesús, Jesús se revela a sí mismo como aquel que es:

¡Tú eres… ! Jesús basta para todo Él es el agua y Él es el manantial.

Oremos: Señor, Padre de misericordia y origen de todo bien, que aceptas el ayuno, la oración y la limosna como remedio de nuestros pecados, mira con amor a tu pueblo penitente y restaura con tu misericordia a los que estamos hundidos bajo el peso de las culpas. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.

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