¡HA RESUCITADO, ALELUYA!

04 octubre 2016

EL MILAGRO SILENCIOSO DE FRANCISCO DE ASÍS


          Paz y Bien en el Señor:

Aprovechando la Solemnidad de nuestro padre San Francisco, a quien sentimos muy cercano en nuestra hermandad, permitidme dirigir a él mi elogio y mi alabanza, que brota de mi corazón, al acercarme temblorosa ante el milagro silencioso de la obra de Dios en él.

A ti me dirijo muy querido hermano Francisco de Asís que supiste sobretodo acallarte y escuchar los latidos de tu corazón, afanado por el deseo de ser “caballero de armadura” y luchando por la autonomía y dispuesto, como todo hombre, y en tu caso siendo de la nobleza, a alcanzar niveles de vida cada vez mas altos.

Muchos de los que han escrito sobre ti han olvidado ofrecer tu imagen en la tienda de tu padre, como buen comerciante y con ganas crecientes de ser un caballero adorable.  Y también olvidaron, cómo tú mismo nos dices, que eras una persona envuelta en el  pecado, junto a ese sequito de jóvenes ambiciosos y acostumbrados al vicio, y nada menos que como un líder juvenil, que pasaba sus noches en fiestas derrochando todo lo que pudiere. Olvidaron que es en este ambiente que nos repugna, donde Dios fijó su mirada y halló una morada habitable ante un “santazo” como tú.

Francisco, hermano mío te imagino por estas estrechas calles de Asís saltando como un corderito con tu carita y alma de artista, creativo y constantemente alegre disfrutando de la vida de un joven que pertenece a una familia rica, y, ¿cómo no? alegrando el corazón de tu padre Pedro Bernardone, amando y entonando las canciones francesas y sobre todo de los trovadores.
Claro que sí, este era el sueño y la esperanza de tu padre que querría que tu fueras “un hombre negociante” como él y en el cual mostraba su afecto a Francia.
Pero eso sí, le tuviste que dar dolor de cabeza por tu espíritu más que generoso devastador; tú que te vestías a la última moda, y ansioso de “gloria”, o mejor dicho locamente vanidoso, derrochabas cantidades de dinero en cosas sin fundamento.
Un joven amigo de todos, encantador, siempre alegre, feliz. Un líder de una pandilla que más bien aprovechaba la permisividad de su padre para satisfacer sus deseosos vanidosos.
Pero Pedro Bernardote te amaba mucho, Francisco y ni siquiera contó lo que había gastado por ti comprándote una hermosa armadura con una capa de oro; pero eso sí, con una esperanza cierta de que tú volverías a casa victorioso de aquella cuarta cruzada.

¡Pero cuan sorprendente son los caminos del Señor! Seguro que al agregarte a aquel grupo, después del sueño del palacio lleno de riquezas, armas y trofeos y además de una esposa bella, te ibas ilusionado y convencido de que llegarías a ser un príncipe; sí, un gran príncipe honrado por los asisienses.
Sin embargo, qué asombroso cuando después de haber pisado tus pies Espoleto y con  una decisión, aquella voz te habla de nuevo interrogándote: “¿A dónde vas, Francisco?” y tú valientemente y sin andar a tientas le preguntas “¿Señor, que quieres que haga?”. Cuando de nuevo te manda dar marcha atrás hasta Asís y una vez allí te diría lo que hacer.
Sin perder tiempo te despojaste de aquella espada y aquella capa que Pedro Bernardone te había comprado con tanto cariño, como a su hijo preferido y fuiste de prisa a tu casa.
 Francisco ¡Qué valentía la tuya!, sabiendo y conociendo muy bien a tu padre, abandonaste aquella idea de conseguir la victoria y volviste a casa, donde  verdaderamente fuiste humillado por tu padre y por tus conciudadanos. Francisco, llevaste a casa una derrota sin explicaciones, un momento de horror y de estragos a tu padre Bernardone. Aquel joven encantador, era ahora un sinvergüenza y un cobarde que había echado a perder el dinero y la fama de Pedro Bernardone. Este fue un momento muy significativo en tu vida, la primera decisión que tomabas en contra de la voluntad de tu padre, era el punto de partida hacia el momento de la ruptura definitiva, que a su vez duraría un largo tiempo de incertidumbres hasta que la gloria divina te consumiera totalmente, configurándote con Aquel que fue crucificado por todos nosotros.
 Francisco volviste a casa no para recibir flores o echarse perfumes de victoria, sino para ser coronado de espinas por tu familia y tu pueblo.

Claro que sí, tú seguías siendo el mismo hijo de Bernardone recién cumplidos  los veinticinco, pero algo nuevo había tomado raíces en ti. Aquel Esposo que te había “echado el ojo” desde siempre, enamorado de ti deseaba por fin decírtelo tan dulcemente “estoy loco por ti”. Él te atraía interiormente y aunque te nombraron jefe, como el favorito de tu “cuadrilla”,  ya notaron algo distinto en ti y bromeándote te preguntaban que si pensabas en casarte, una pregunta que tu contestabas decididamente, “si, con la mujer más hermosa que podíais imaginar”. Conociéndote Francisco, se quedarían boquiabiertos. Dios había tomado ya la iniciativa en ti y no te dejaría dar paso a tu pasado.
Y tú como un caballero decidido a alzar su escudo como seña de victoria, abriste otra página en el libro de tu vida, ¡la página de otra opción de vida!.

Estabas en un claroscuro, pero ya sabias o mejor dicho Dios te mostró donde hallar la respuesta; no en los pobres que tanto amabas y muchas veces habías querido asimilarte a ellos, no, como otro hijo predilecto del Padre, te retiraste en lugares solitarios, fuera del ruido para descubrir como aquel hombre de la perla preciosa, el tesoro escondido y guardado para ti.
 ¡Qué inteligencia! Hermano mío, fuiste a lo concreto: a la oración, al dialogo, a la escucha de Aquel que tanto te atraía como quien dice “con correas de amor, con cuerdas de cariño”.
Y te pregunto: ¿Dónde han sido enterrados tantos deseos de ser un gran caballero? ¿Se han esfumado Francisco? 
Y ahora sé que tuviste  que alcanzarlos por otro camino: en tu búsqueda del Señor pobre, humilde y crucificado. Tu entrega, tu abandono total, el reconocer que en ti solo reside la miseria humana (el pecado) fue el camino del encuentro con tu Señor, entonces y solo entonces estuviste a salvo y pudiste responder verdaderamente a esa llamada del Señor “Francisco, si quieres conocer mi voluntad, es necesario que todo lo que como hombre carnal, has amado y has deseado tener, lo desprecies y aborrezcas. Y después que empieces a probar esto, aquello que hasta el presente te parecía suave y deleitable, se convertirás para ti en insoportable y amargo, y en aquello que antes te causaba horror, experimentaras gran dulzura y suavidad inmensa” TC11

Francisco, lo dicho, dicho está, solo te quedaba encontrarte con lo inevitable, entre la espada y la pared, y, quedándote fuera de ti, latiendo en ti el corazón, al recordar aquellas palabras de Aquel, del cual te habías decidido fiar y ni siquiera pensando en el rechazo que sentías por la apariencia y el olor tan repugnante, hiciste un terrible esfuerzo de acercarte y besar la mano de aquel leproso, me imagino con mucho respeto y cariño, más luego experimentaste la paz y la alegría de los verdaderos buscadores del Señor. A partir de este momento, muy crucial en tu vida, empiezas a frecuentar las leproserías para ofrecerles tu caridad (dando limosna, limpiando y curando sus llagas). Y desde aquí Francisco, te identificas de lleno con ellos también descubriendo la lepra en ti, el pecado. Este otoño será muy significativo para tí y para todos tus seguidores.

Ardiendo de dulzura vas de paseo y llegas a la capillita de San Damián y recogido en oración, oyes de nuevo aquella voz, seguro que ahora será la respuesta con más confianza. Y esta vez te ordena “Francisco, repara mi Iglesia que como ves está en ruina”. Claro, la capilla está en ruina, se derrumban los muros, y, como eres hombre de acción, te levantas velozmente decidido y pensando en cómo restaurar aquella iglesita.
Que Dios te ampare Francisco, porque tu mente no piensa más que en el dinero y las telas de Pedro Bernardone, aquel que le habías negado la victoria de negocio y de la caballería. El mercado de Foligno aligera tu idea buena pero peligrosa. Sin perder mucho tiempo, montas tu caballo con las mejores telas y allá, con prontitud, las vendes en Foligno y al no aceptar el dinero el cura messer Pedro en San Damián, le pides  quedarte, tal vez para realizar la obra con tus propias manos, sin avisar de ello a tu familia. Tú estás lleno de miedo consciente de lo sucedido y conociendo a tu padre, no te arriesgas a reaparecer en Asís. Una cueva será tu refugio en un mes alimentándote con oración y ayuno.
Superados los miedos y recordando la inefable alegría con Aquel que te ordenaba reparar su iglesita, te vuelves a Asís, en plena luz donde todo te será duro. Recibirás burlas y malos tratos de los conciudadanos, represalias de tu padre, que después te encerrara en un calabozo intentando convencerte.
Eras por entonces tenido por un loco y ciertamente lo eras: “eras loco, pero eso sí, loco por Aquel que estaba loco por ti”.

Si no lo has comprendido bien, ahora será el momento de conocer el valor de una madre cuando la Madonna Pica sin comprenderlo todo y llena de compasión por el hijo de sus entrañas vio que nada podría cambiar tu firme propósito y aprovechando la ausencia de tu padre, te liberó de las cadenas y te dirigió a protegerte en la Iglesia.
¡Qué valor el de la Iglesia! Ha sido, es y debería de ser más que nunca “un hospital de campaña”, que bien lo ha comprendido en nuestro días el siervo de Dios, el Papa Francisco.
A la vuelta de Bernardone, sería una espina para tu madre Francisco, un inmenso y verdadero dolor, seguro que oiría “ese loco tuyo…” más tu padre decide denunciarte con intención de recuperar su dinero, desheredarte y desterrarte, pero tu inteligente negación al comparecer y alegando tu propósito de consagrarte al Señor, hizo trasladar esta denuncia al Obispo, quien por fin citó a los dos, al final, siendo tú el que denuncie a Pedro Bernardone y no Pedro Bernardone a ti.
¡Qué duro aquello en los oídos de tu padre, se desmayaría de vergüenza y deshonra! ¡Que encuentro más tenso!, pero tú ya necesitabas la libre libertad y sería ahora el momento oportuno de romper totalmente con los lazos mundanos y aferrarte totalmente al Padre celestial. Era el momento en que se conociera el milagro inmenso de tu silencio, era el momento de no tener nada…y Todo.
Francisco decidido y sin marcha atrás te desnudas, cuidadosamente doblas las ropas compradas con el dinero de Pedro Bernardone, y poniendo encima de las telas la bolsa del dinero, ante el asombro de todos, los devuelves a tu padre dirigiéndoles aquellas palabras que le atravesarían el corazón "Señor, no sólo quiero devolverle con gozo de mi alma el dinero adquirido al vender sus cosas, sino hasta mis propios vestidos…”y hablando a todos, les dice “Oídme todos y entendedme: hasta ahora he llamado padre mío a Pedro Bernardone; pero como tengo propósito de consagrarme al servicio de Dios, le devuelvo el dinero por el que está tan enojado y todos los vestidos que de sus haberes tengo; y quiero desde ahora decir: Padre nuestro, que estás en los cielos, y no padre mío Pedro Bernardone". TC XX.
Estabas dispuesto Francisco a seguir sin atajos a Cristo pobre y crucificado en una vida radicalmente nueva.

Hermano realmente me quedo sin palabras, solo admirando tu fervor y constancia, tu libre decisión, tu ruptura con el mundo incluso de unos lazos tan fuertes como los de una familia ante tanta y continua resistencia, tu acción-reacción, tu perseverancia en la gracia y tu prudencia en la reflexión y ¿cómo no? por tu sencillez y ejemplo que grita aun hoy en día a los cuatro vientos a todo el mundo.
Gracias muy querido hermano Francisco y convencidos de que nunca te olvidarías de nosotros te decimos juntos.
“El árbol inmenso del que tú echaste la semilla en el suelo vital no dejará de echar frutos porque a cada minuto, en cada instante y cada día le salen  nuevas raíces”.


En alabanza de Cristo y en honor de nuestro padre y hermano San Francisco de Asís. Amen.

                                                                                                                              Hna. Catalina 

2 comentarios:

Mª José dijo...

Solo Dios Nuestro Señor, nos puede dar tal €fuerza y gracia".

Gracias, Hna Catalina, un abrazo fraterno

Mª José dijo...

Solo Dios Nuestro Señor, nos puede dar tal "Fuerza y Gracia".

Gracias, Hna Catalina, un abrazo fraterno